
La salida del ministro Lousteau era lo más obvio que cualquiera hubiera podido predecir. Su presencia en el Gabinete repitió (probablemente en niveles extremos) lo que ocurre con los ministros de Economía desde Felisa Miceli en adelante. Han sido puestos más para hablar de economía y explicar lo que ocurre antes que para decidir.
La designación de Carlos Fernández en nada cambia este panorama. Situación por cierto preocupante frente al hecho objetivo de que las condiciones que hicieron posible el crecimiento económico desde 2002 hasta aquí, están todas puestas en cuestión. Es más, desde el año pasado el crecimiento económico coincide -inflación mediante- con la caída del salario real y la suba de la indigencia en razón del aumento en el precio de los alimentos. Seguir aplicando la misma política económica cuando las condiciones han cambiado es, por definición, un verdadero desatino que, difícilmente produzca buenos resultados. Más aún, el discursete del ex presidente Néstor Kirchner (contemporáneo de la salida de Lousteau) respecto a que no hay que darle lugar a las políticas de ajuste del gasto destinadas a enfriar la economía, choca con la evidencia de que en la práctica, inflación mediante, la economía se enfría igual pero en base al desigual poder de mercado de los distintos actores económicos. Solo se puede resolver la inflación en base a criterios de equidad si se va a fondo en el diagnóstico de la misma.
En el marco de una Argentina concentradora y desigual, la inflación es el resultado de que los ricos consumen mucho mientras sus grandes empresas invierten mal y poco. La solución es un Estado que, vía nuevas regulaciones y una drástica reforma impositiva, grave el consumo más acomodado, capture ganancias extraordinarias y se decida a orientar el proceso de inversión. Por cierto este rumbo no parece estar en la agenda de gobierno.
En el marco de una Argentina concentradora y desigual, la inflación es el resultado de que los ricos consumen mucho mientras sus grandes empresas invierten mal y poco. La solución es un Estado que, vía nuevas regulaciones y una drástica reforma impositiva, grave el consumo más acomodado, capture ganancias extraordinarias y se decida a orientar el proceso de inversión. Por cierto este rumbo no parece estar en la agenda de gobierno.

